viernes, 23 de diciembre de 2016

Caminantes de sueños

Habían pasado un par de días desde que me había hecho el tatuaje, la parte ya no estaba tan roja ni hinchada pero aun ardía un poco cuando alguna prenda la rozaba más de lo normal, algo que era inevitable. El enorme dragón de miles de colores decoraba parte de mi hombre izquierdo y espalda sosteniendo una pequeña esfera entre las garras de color negro con un pequeño círculo incompleto rodeado por nueve pequeñas llamas azules.
Terra Racfille, una amiga, portaba el suyo con orgullo. Sinceramente a ella se le veía estupendo en aquel cuello largo y estilizado. No había razón para sentir rechazo, además el suyo era más pequeño, minúsculo a comparación del mío.
Me solté el camisón dejándole caer hasta cubrir mi espalda y me aleje del espejo.
Sabía que él me odiaba y hacerme pasar por ese dolor había sido su forma de demostrarlo, lo importante no era el tamaño del tatuaje si no lo que este iba a ocultar. Nuestro rango.
Había estado furioso cuando había pasado la prueba y se había dado a conocer que poseía nueve llamas, sin razón alguna creía yo. Tal vez si hubiesen sido las doce.
—Beatrice, todos ya se encuentran en el desayuno.
Esa voz fría me hizo salir de mis pensamientos y observe la puerta sin pestañear.
—Enseguida bajo—dije aunque no había necesidad de ello porque sabía que el ya no estaba tras de esa puerta.
Terra se encontraba sentada en la tercera mesa y al entrar me hizo energéticas señas con su mano enguantada.